25.- Democracia, información, intérpretes y soberanía epistemológica

“Puede entenderse la democracia como aquel sistema político que parte del presupuesto de que todos somos intérpretes. La sociedad es la puesta en común, frágil y conflictiva, de nuestras interpretaciones, algo más democratizador que la sumisión a unos datos supuestamente objetivos” (D. Innerarity, La sociedad de los intérpretes, El País, 23-XI-2010).

Vivimos en una sociedad marcada por la información. O eso creemos. ¿Tenemos de verdad información? ¿O es más bien “ruido”, como alguien lo definió? Y, más allá: ¿qué información tenemos y para qué nos sirve? ¿Nos paramos a reflexionar sobre esa información que nos llega? ¿Nos paramos a reflexionar sobre por qué no nos llega otra información? Quizá es que, aunque todos (y es evidente cuando un artículo como éste “se lanza al mundo” desde un blog) nos consideramos intérpretes, con la visión más clara sobre lo que nos rodea, en el fondo no estamos siendo más que otra pieza de un rompecabezas más grande en el que la libertad de decir (sin posibilidad de que las propuestas lleguen a convertirse en propuesta de acción o acción en sí) legitima una democracia inexistente, basada en la aparente paradoja de que no hay más democracia que la existente. El dominio de los significantes y del discurso lo ganó el sistema, en buena medida a partir de la saturación de información y de la repetición del mensaje.

 Mensaje repetido ad nauseam + información sin reflexión = dominio del lenguaje + control de la realidad.

Así, en el campo del lenguaje hay que dar las primeras batallas. La “guerra por la palabra” zapatista lo atestigua. Pero para ello debemos tener claro que los argumentos deben construirse con solidez. Sin superar los “datos supuestamente objetivos” que se nos mandan, no podremos articular otros significados para la palabra democracia, para la palabra libertad, para la palabra información. “Si no tenemos capacidad para enunciar el mundo, otros imponen su dominio sobre la realidad”, nos dice M. Roiman (Democracia sin demócratas y otras invenciones, Sequitur, 2007). Pero para enunciar el mundo tenemos que comprenderlo, y dudo que a día de hoy lo comprendamos, quizá porque hemos cambiado la reflexión por la sobreinformación. Si “el orden sistémico posee la capacidad para construir conceptos y ponerlos en circulación de forma rápida y eficiente [ya que] es una fábrica de significantes”, como nos dice el profesor Roitman, nosotros tenemos que comprender esos significantes y ser capaces de oponerles otros. ¿Es posible a través del “ruido” de tantas publicaciones, sin capacidad de analizar, de “interpretar la información (su grado de fiabilidad, pertinencia, significación, el uso que de ella puede hacerse)”? (nos dice D. Innerarity).

El mundo se ha hecho pequeño. Conocemos casi de primera mano lo que pasa en casi cualquier rincón del planeta. Pero la realidad es que “conocemos”, pero no “sabemos”. Nos falta valorar el bombardeo de información, reflexionar sobre los datos, formularnos preguntas sobre lo visto o leído, analizar en profundidad… para poder ser intérpretes, para poder abandonar los lugares comunes (el neoliberalismo nos ha convencido de que sus verdades, que no son más que ideología, son de “sentido común”), para poder formular las preguntas que realmente nos interesan, para ejercer nuestro derecho a ser ciudadan@s que participan en la construcción democrática de la sociedad.

En el artículo citado, decía Daniel Innerarity que el verdadero desafío de nuestro tiempo es “interpretar para obtener experiencias a partir de los datos y sentido a partir de los discursos”. ¿Lo hacemos, o estamos sumergidos en la velocidad de la lectura apresurada de la multitud de información que nos llega a través de la gran cantidad de amistades virtuales de las redes sociales? La tesis de Alberto Garzón Espinosa (Twitter, o el infierno de la posmodernidad) es que “twitter -y no sólo twitter- nos idiotiza”. Señala que nos vamos convirtiendo en analfabetos funcionales dado que “en el mundo posmoderno […] no reina la sabiduría o el conocimiento sino la transmisión inmediata de un mensaje. Los discursos quedan restringidos y la calidad deteriorada. Se prima la sencillez, la re-adaptación a un mundo de analfabetos funcionales que se cansan al leer cinco párrafos seguidos”.

¿Son, por tanto, las redes sociales, lugares de crítica “virtual” al poder, o al final es el poder el que nos convence de que tenemos libertades, que ejercemos mecánicamente aquí, pero que no somos capaces de trasladar a la realidad? Quizá es que aquí, como en la realidad, la economía ha ganado también la batalla. Frente al “arte político” de la interpretación, la “ciencia económica” de los datos, reduciendo el campo vital de la comunicación y la información en una mero bombardeo de mensajes inmediatos. Como en la sociedad, la política (el escenario donde se enfrenta la palabra) ha claudicado ante la superioridad de la economía.

Vivimos en tiempos de incertidumbres. Nos dice el profesor Innerarity que “cuando las certezas son escasas, hacerse una idea general es más importante que la acumulación de datos o el examen pormenorizado de un sector de la realidad”. Sin embargo, no nos está diciendo que una visión generalista sea la que nos aportan las redes sociales. No quiere decir que con leer un par de titulares tengamos la “verdad absoluta” sobre un tema. Debemos informarnos, contrastar información, profundizar en las múltiples caras que todo acontecimiento tiene. Debemos querer saber, querer estar informados de verdad. Y para ello, necesitamos “cultura democrática de la información”, para lo cual no basta dejar de ver las televisiones al servicio del sistema (manipuladoras y verdaderas creadoras de las verdades sociales) y pensar que en la red todo lo “alternativo” o todo lo “crítico” es superior sin más. Saltamos de una verdad a la otra, sin tiempo para hacernos una idea compleja de la complejidad. Quizá es que nos falta “educación para la información”, ya que, como decía Innerarity, “esta sociedad de flujos requiere filtros para evitar ser arrollado por la información sin sentido o el cliché banal”.

Y así, ser ciudadan@s con un sentido pleno, con un dominio de nuestras capacidades de comprender para interpretar, exige quizá replantearnos cómo utilizamos las redes sociales, o cuestionarnos si en el fondo no son éstas las que nos utilizan también. Lo que sí tengo claro, y doy la razón al profesor Innerarity es que “la verdadera soberanía epistemológica consiste en interrumpir, no reaccionar mecánicamente, no responder rápidamente al mail, resistir contra la aceleración, escapar del esquema estímulo-respuesta”. A ello me pondré estos días… y siento si puedo abarcar muchos menos temas de los que habitualmente leía o veía de todo lo que colgáis, muy interesantes en la mayoría de los casos, pero inabarcables si se quieren ver con una cierta profundidad, con un cierto sosiego, con una cierta lectura reposada y reflexionada… los aspectos “escondidos” de cualquier acontecimiento social, las múltiples aristas y las diferentes escalas involucradas en cualquier espacio de poder. Generar espacios de representación (en el sentido de Lefebvre), en última instancia exige recuperar la soberanía epistemológica. Y así, ayudar a que la red social real, el corazón de cualquier sociedad, gane la batalla al poder sistémico actual, con la ayuda inestimable de la red virtual. Pero para ello, debo empezar por mí mismo, y creo que debo replantearme cómo utilizar esta red virtual…

¡¡¡Y seguiré viendo La Tuerka CMI!!!, programa que “debería ser obligatorio” para los estudiantes y estudiosos de las ciencias sociales. Permite debatir y rebatir, cuestionar, plantear, argumentar, generar espacios de representación, recuperar la soberanía epistemológica, interpretar, pensar e impensar: ¿alguien da más?

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3 respuestas a 25.- Democracia, información, intérpretes y soberanía epistemológica

  1. Miriam M. dijo:

    Curiosidad: tengo mis ciertas dudas acerca de que internet sea un ogrete y que el hecho de que tuiter deje sólo postear 140 palabras nos haya convertido en analfabetos. Puede que lo haya potenciado, sí, pero me da la sensación de que la semilla ya existía. Y pongo dos ejemplos:

    1. Trabajo en una empresa de ingenieros (en su mayoría) de telecomunicaciones. Muchos de ellos, que tienen 30 y 40 años, no usan estas “tonterías” de feisbus, tuiter y demás. Y sin embargo, odian leer, odian escribir y se expresan bastante mal en muchas ocasiones.

    2. Yo misma utilizo tuiter (aunque éste lo tengo bastante abandonado), feisbus y otras redes sociales y, sin embargo, puedo llegar a un análisis de reflexión y de escritura que considero bastante bueno.

    Pregunta: ¿qué fue antes: el huevo o la gallina?

    Yo creo que las redes sociales han dado mucha visibilidad a la gente que ni le gusta leer, ni le gusta escribir, ni le gusta reflexionar. Pero no creo que CAMBIE a la gente, sinceramente.

  2. Gracias por el comentario, Miriam. Creo que aporta cosas que posiblemente no estaban claras en el artículo. Tienes razón en lo que dices. No estaba criticando sólo tuiter o feisbuj o… sino la utilización que hacemos (yo el primero) de él/ellos… Sí creo que es cierto que nos gana la velocidad, el instante, la falta de reflexión, y es lo que quería reflejar. Y en ningún modo quería criticar el uso de redes sociales (creo que soy el ejemplo claro de “conversión”). Me parecen uno modo magnífico de transmitir conocicimiento (y más cosas), pero creo que nos saturamos de información que no procesamos. Iba por ahí… y… pero ya sabes que agradezco la crítica (constructiva o no) y que para eso está. Y más si se argumenta con criterio. Chapeau.

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