28.- Recuperar la Historia (1ª parte)

“La Historia está viva” (Ismael Serrano)

Una de las tareas que tenemos pendiente en la lucha contra el neoliberalismo es rescatar la historia y no permitir que nos roben la memoria. El capitalismo neoliberal trata de levantarse como un sistema ahistórico, y sus ideólogos luchan desde los think-tanks y desde los medios para lanzar todo tipo de ideas y proyectos que buscan naturalizar la realidad social partiendo de su deshistorización. La televisión domina los mensajes y nos roba la memoria y el pensamiento. Frente a ello, debemos levantarnos, partiendo de que “lo que se llama lo social es, de principio a fin, historia” (P. Bourdieu, Cuestiones de Sociología, Istmo, 2000). La sociedad en la que vivimos no es “natural”, está construida históricamente y se basa en una dominación que en buena medida se ejerce por el propio desconocimiento de los dominados sobre el carácter de constructo histórico de la realidad social en que viven. Si los dominadores buscan establecer la legitimidad que fundamente los marcos institucionales, los dominados debemos rebelarnos contra la supuesta verdad establecida que señala la eternidad, la “naturalidad” de la condición de las sociedades en que vivimos y de las identidades aprendidas.

Así pues, mientras la utilizan, nos hacen ver que no necesitamos la historia, o quizá lo que quieren decir es que no necesitamos la historia que no conviene al neoliberalismo triunfante, cuyo corolario lógico es aquélla idea del “fin de la Historia” que lanzó el gurú Fukuyama.

Pero podemos verlo desde otra óptica, reivindicativa. Recojo al sup Marcos, quién nos dice [“Un periscopio invertido (o la memoria, una llave enterrada)”, febrero 1998]:
 “En el neoliberalismo la Historia se recicla para negarse y provocar arrepentimiento. En el globalizado sacrificio de las utopías se incluye la quema de banderas de rebeldía y se abrazan las del cinismo y el conformismo. El Saber se recicla y recicla sus ‘sacerdotes’. La nueva verdad, la de los mercados financieros, necesita nuevos profetas. El nuevo político es también un historiador, pero en sentido inverso. Para él sólo el presente tiene valor y el pasado debe ser visto como el responsable de todo lo malo que ocurra. ‘La verdadera historia’, nos dice y se dice el neo-político, ‘empieza conmigo’. (…) El miedo neoliberal a la Historia no es tanto a su existencia (…), sino a que se conozca, a que se aprenda de ella. Para evitar esto, la Historia es secuestrada por esa ‘gente ilustrada’ y maquillada adecuadamente, de modo de hacerla irreconocible para los de abajo. El secuestro de la Historia por las elites es para ‘remodelar’ su consumo de modo que se escamotee al ser humano su patrimonio fundamental: la memoria. En la nueva ‘historia mundial’, el presente derrota al pasado y sujeta al futuro. El hoy es el nuevo tirano, a él se le rinde pleitesía y obediencia”.

Con todo, “en todo el mundo, topos de todos los colores y tamaños hurgan la Historia oculta y encuentran y entienden. Cada tanto estos topos emergen y abren boquetes de luz subterránea que iluminan en la superficie los grises del caos neoliberal. Además de intentar matarlos, el Poder globalizado adiestra a sus ‘pensadores’ para aislar a estos topos de la historia. Los intelectuales modernos determinan, con oscuros juicios y jurados, la banalización y descalificación del pensamiento crítico. ‘Poesía, utopía, mesianismo’, son los cargos más recurrentes. ¿La condena? La persecución y la calumnia. [Los topos] desafían el orden establecido. (…) Los ‘intrusos’ acechan detrás de cada rincón de la historia. Contra la política moderna, y con la Historia como bandera, la sociedad civil en el mundo se empecina en resurgir una y otra vez. Destella y se sumerge de nuevo para, otra vez, reaparecer”.

Debemos ser de esos topos. Debemos hacer despertar a la Historia, como los rebeldes indígenas, que disparan para arriba: “no para matar gobiernos, dicen. Para que despierte la Historia” (ver infra). Y para ello, debemos cuestionar la historia aprendida, los conceptos inculcados, las identidades generadas, plantearnos qué historia queremos enseñar, ya que, como nos dice el profesor Fontana, “cuando nos ponemos a discutir acerca de la clase de historia que se debe enseñar en nuestras escuelas, institutos y universidades, conviene que tengamos en cuenta que lo que está en juego no son simplemente opciones metodológicas o preocupaciones por la dosis de conciencia nacional que se infunde en la educación, porque, como ya anticipara un humanista español del siglo XVI, no hay nación, sino naciones: proyectos distintos de sociedad que construir. (…) En unos momentos en que tanto parece preocupar a nuestras autoridades que se enseñe “la verdadera historia de España” (sin percatarse de que hay tantas historias verdaderas como proyectos de sociedad) pienso que merece la pena recuperar una que debía basarse en estos tres ideales: justicia, trabajo y paz” (J. FONTANA, “Introducción” a Enseñar historia con una guerra civil por medio (Barcelona, Crítica, 1999). O, como decía Saramago: “al contrario de lo que generalmente se pretende hacer creer, no hay nada más fácil de comprender que la historia del mundo, aunque mucha gente ilustrada todavía se empeñe en afirmar que es demasiado complicada para el rudo entendimiento del pueblo”. Hay que rescatar la historia y la memoria. Miremos hacia atrás, y buceemos en algunos conceptos clave, vinculados a la enseñanza de la historia, a la creación de las identidades nacionales, y a la necesidad de luchar desde el pasado por un presente y un futuro mejores, por un mundo donde quepan muchos mundos, recuperando la memoria que nos robó el neoliberalismo.

Es desde la historia desde donde debemos luchar por conceptos fundamentales para nuestras sociedades, conceptos que se dan como “naturales” (ver supra), pero que son construidos: identidad nacional, nación, nacionalismo. En El País del 13-febrero-2010 se decía que “Sarkozy fuerza a los prefectos a tratar un tema de la ultraderecha: la definición de ser francés“. En la sección de internacional del mismo día se decía que Besson (ministro de Inmigración e Identidad Nacional -curioso nombre, ¿no?) “se había empleado a fondo hasta ahora en organizar y protagonizar el frustrado debate sobre la Identidad Nacional“. ¿Qué se supone que es eso de la “identidad nacional”? ¿Es algo excluyente? ¿Vale para tod@s, y qué “principios” hay que adoptar? Una primera definición podría ser: aquello que se enseña en las escuelas, aquello por lo que se instituye en el siglo XIX la educación pública: crear la conciencia de los nacionales. De ahí quizá la importancia en nuestro país del Decreto de Humanidades o de los planes de estudio de la Historia, y las luchas por generar identidades excluyentes que se dan entre los nacionalismos (periféricos y centralista), y que se debaten en eso de la “identidad nacional”. La derecha “moderada” (¿Sarkozy? ¿Y Aznar…?) hace suyo uno de los principales banderines de enganche de la ultraderecha, algo que es consustancial a ella. “Para el resto de fuerzas democráticas“, sigue el editorial de El País de aquél día, “la noción relevante es la de ciudadanía, que no se compone de sentimientos colectivos, relatos míticos ni cantos patrióticos, sino de derechos y deberes fijados mediante normas elaboradas y aprobadas por el poder legislativo“. No es del todo cierto, pero es algo más que lo que plantean Sarkozy y Besson… y tantos otros en España y en casi todas partes. ¿Se generarán franceses (o españoles, valga el caso) o más bien se señalará a los malos franceses, o quizá se crearán antifranceses? ¿No habrá otras formas de entender la sociedad, de aprender de la historia, de enseñar la historia, que permita abrir caminos a la construcción de futuros mejores? Nos roban la historia mientras moldean nuestras identidades partiendo de la historia. No queda sino batirse.

Volvamos a la selva Lacandona en busca de respuestas: “Los indígenas rebeldes disparan para arriba. No para matar gobiernos, dicen. Para que despierte la historia, gritan” (SIM, “Detrás de nosotros estamos ustedes”, 30-agosto-1996): “no importa el color de la piel o el habla que aprendemos al caminar, porque desde muy lejos, desde tiempo sin tiempo, viene la palabra a nuestras voces: para poder caminar hacia el mañana debemos voltear a nuestro ayer; para hablar, callamos; para caminar, nos quedamos quietos; para reír, lloramos; para vivir, morimos (…) Detrás de nuestro rostro negro, detrás de nuestra voz armada, detrás de nuestro innombrable nombre, hay un hombre sin rostro, que no es necesariamente un hombre con el rostro cubierto. Es, sobre todo, un hombre cualquiera, que no dice nada, que no nos lleva a nada, que detrás de él, detrás de los nosotros que ustedes ven, detrás, estamos ustedes. Detrás estamos los mismos hombres y mujeres simples ordinarios que se repiten en todas las razas, se pintan de todos los colores, se hablan en todas las lenguas y se viven en todos los lugares, porque en el mundo que queremos nosotros caben todos. El mundo que queremos es uno donde quepan muchos mundos. La patria que construimos es una donde quepan todos los pueblos y sus lenguas, que todos los pasos caminen, que todos la rían, que la amanezcan todos; porque la vida sin los otros que son diferentes es vana y se condena a la inmovilidad” (extractos de varios comunicados zapatistas, recopilados en: La guerra por la palabra, Rizoma, 2001).

Supongo que todavía hay elección. Aunque Francia (y España) parece que nos llevan en otra dirección. Disparemos para arriba. Despertemos la historia. Pensemos seriamente: ¿qué visión es mejor? ¿la francesa y de otros, excluyente con la diferencia y la diversidad, o la que plantean los zapatistas: un mundo en el que caben muchos mundos, un mundo donde cabemos todos?

Claro que ese mundo debe partir de rescatar la historia y recuperar la memoria. Y para ello debemos abordar estos temas difíciles, todavía hoy no bien precisados por las Ciencias Sociales (que deben ser históricas) y la Historia (que también es una ciencia social). Hugh Setton-Watson decía que “me veo impulsado a concluir que no puede elaborarse ninguna ‘definición científica’ de la nación, pero el fenómeno ha existido y existe”. No en vano, el concepto de nación es uno de esos temas un tanto inaprehensibles, tanto si lo planteamos desde la teoría como si tratamos de acercarlo a la realidad: ¿Por qué los hombres [y mujeres] quieren a las naciones y están dispuest@s a morir por ellas, lo mismo que a odiar y matar en su nombre? (B. Anderson). Es evidente que esto no ha sido siempre así, que es una creación humana más, una construcción histórica, pero que ha alcanzado cotas que han conducido, entre otras cosas, a múltiples agresiones de todo tipo en su nombre.

Conviene partir del gran clásico sobre el tema, la conferencia en La Sorbona de Ernest Renan de 1882. En ésta, titulada ¿Qué es una nación?, decía: “Una nación es una gran solidaridad, constituida por el sentimiento de los sacrificios que se han hecho y que aún se está por hacer. Supone un pasado; se resume, sin embargo, en el presente por un hecho tangible: el consentimiento, el deseo claramente expresado de proseguir con la vida común. La existencia de una nación es un plebiscito cotidiano. (…) El hombre no es esclavo ni de su raza, ni de su lengua, ni de su religión, ni del curso de los ríos, ni de la dirección de las cadenas montañosas. Una gran agregación de hombres, sana de espíritu y cálida de corazón, crea una consciencia moral que se llama nación”.
Parece que hay poco que objetar, más allá del término “raza”, hoy superado. Remite al pasado, al consentimiento presente, a la superación de las diferencias y el deseo de una vida común… Pero algo falla. ¿Cuál es ese pasado común? Renan decía que “los recuerdos, los sacrificios, las glorias, a menudo los duelos y los pesares compartidos. (…) Lo que constituye una nación [es] haber hecho en el pasado grandes cosas juntos y querer seguir haciéndolas en el futuro”. Ya está. ¿Qué historia enseñar? La que nos muestre ese pasado y las grandes cosas realizadas. Sin embargo, no es tan fácil. ¿Cuál es ese pasado? ¿Quién lo escribe? ¿Cuáles son esas “glorias” que forjan la nación? ¿Cuántos se han aprovechado de una interpretación de ese pasado para generar sus tiranías presentes?

Nos queda mucho por luchar para rescatar la historia y recuperar la memoria. Debemos al tiempo aprender de la historia, y para ello también debemos plantearnos cómo enseñarla. Claro que para ello, tenemos que tener en mente el proyecto de sociedad que queremos construir… cuestionando desde el principio la identidad que nos han impuesto en esa sociedad para generarnos, a partir de la deshistorización, la naturaleza eterna de conceptos construidos…

(…continuará)

 

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