43.- No es lo que nos cuentan (6): la economía no es sensata

Hace unos meses Los Libros del Lince publicaba el último libro de Raj Patel, titulado Cuando nada vale nada. El autor se hizo famoso con su anterior obra, Obesos y famélicos, donde analizaba el escándalo que debería suponer este mundo en el que había 800 (a día de hoy las estimaciones han subido a 950, a 1000 o incluso a 1250, según estimaciones) millones de personas famélicas, mientras más de 1000 millones de lo que sufren es… de sobrepeso. Remarcaba también que esta situación no era debida a una escasez de alimentos (ya que se produce suficiente comida como para alimentar al 150% de la población humana), sino a la desigualdad en el reparto.    

    En “Cuando nada vale nada”, subtitulado “Las causas de la crisis y una propuesta de salida radical”, señala que si la economía fuese verdaderamente sensata debería reflejar en los precios de las cosas el coste real, que llevaría implícito a su vez el coste social y el ecológico.
    ¿Cuál es el precio o el coste de un producto, de una cosa? La economía recoge que el precio no lo marca el valor de uso, la utilidad, sino otros factores diversos, como señalaba ya uno de los padres del liberalismo, Adam Smith, tan mal leído por muchos en buena parte de sus planteamientos. Smith planteaba la paradoja de que damos un valor económico/monetario enorme, por ejemplo, a los diamantes, cuyo valor de uso/utilidad es muy escaso, mientras ocurre todo lo contrario con el agua, que no sólo es útil, sino absolutamente necesaria.
    Obviamente éste no es un fenómeno nuevo en la historia de la humanidad, si bien se ha ido agravando en las últimas décadas, cuando el neoliberalismo y las doctrinas de la Escuela de Chicago ponen encima de la mesa mundial las ventajas de la codicia sin restricciones y la maldad de la regulación de la economía y los mercados. Mientras trataban y siguen tratando de eliminar los Estados garantes de derechos sociales en nombre del dios mercado, se abstenían de afrontar cuestiones como los costes externalizados de esos bienes y servicios que se producían en cantidades cada vez mayores. ¿Quién paga el coste social y ecológico de lo producido? No son las grandes empresas productoras, que eluden las (ya de por sí reducidas) normativas ambientales y sociales de los países del norte… simplemente trasladándose a países del sur, donde (por lógica) las normativas son más laxas o simplemente inexistentes. Eso sí, como cualquiera sabe, la naturaleza es un sistema, importando poco que se contamine aquí o allí para que el efecto sea global (y también podríamos decirlo para las personas, que obviamente deben migrar para encontrar un mínimo de vida). El coste ecológico, y también el social son, obviamente, asumidos (en la medida de lo posible) por los estados de los que los teóricos y “los mercados” reniegan en cuanto a regulación de la economía. Otra parte, por supuesto, la pagarán las generaciones venideras. ¿Cuál es la lógica? Privatizar los beneficios, y socializar los costes añadidos y las pérdidas. Por cierto, lógica perfecta… para los que se aprovechan de ella. ¿Y para el resto?
    Así pues, no todo puede dejarse en manos de los mercados, que sólo dejan en manos de los estados el hacer frente a sus agujeros enormes (la crisis actual es una muestra evidente), al destrozo ecológico, y a todos los costes sociales asociados a la explotación de las personas. Y lo mismo podría decirse de los países ricos respecto a los países a los que explotamos para seguir siendo ricos.
    ¿Cuánto valdría en términos económicos este disparate social y ecológico? La Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos publicó un estudio en el que concluía que “la deuda ecológica de los países ricos con los países pobres generada en el periodo 1980-2000 es del orden de varios billones de dólares, cifra que supera con creces toda la deuda financiera que los países del Norte reclaman a los del Sur”.
    ¿Quién debe a quién?, se preguntan también Joan Martínez Alier y Arcadi Oliveres en su obra ¿Quién debe a quién? Deuda ecológica y deuda externa (Público, Biblioteca Pensamiento Crítico 2010 [2003]), respondiendo desde el título de la introducción: “no se debe nada, la deuda está pagada”.
    Raj Patel compara la doctrina neoliberal con el síndrome de Anton-Babinski, en el que la persona sufre ceguera absoluta y sin embargo se empeña en hacer creer a los demás que ven perfectamente. Mientras, sigue chocando con las paredes, como el sistema en que vivimos.
    Para nosotros, quizá esto no esté tampoco tan lejos: seguimos miopes ante los destrozos sociales y ecológicos de una economía que, a día de hoy, ha demostrado que sólo sirve para beneficiar a unos pocos y empobrecer a los más. Obesos y famélicos: ¿no habrá un punto intermedio para todos? Raj Patel plantea algunas soluciones, pero esas os dejo que las descubráis por vosotr@s mism@s…

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