44.- No te olvides de Haití

En Chicago, no hay nadie que no sea negro. En pleno invierno, en New York, el sol fríe las piedras. En Brooklyn, la gente que llega viva a los treinta años merecería una estatua. Las mejores casas de Miami están hechas de basura. Perseguido por las ratas, Mickey huye de Hollywood. Chicago, New York, Brooklyn, Miami y Hollywood son los nombres de algunos de los barrios de Cité Soleil, el suburbio más miserable de la capital de Haití” (E. Galeano.- Bocas del tiempo, Madrid, Siglo XXI, 2004).
Haití sigue siendo portada en todos los periódicos día tras día, castigado por todos lo males posibles. Miremos un poco al pasado, a fin de entender, al menos, algunas cosas.
Haití era el país más pobre de América y uno de los más desfavorecidos del mundo ya antes del terrible terremoto que lo asoló a principios del año pasado. “Pero no te olvides de Haití”, sigue insistiendo Forges día a día en su viñeta en El País. Todavía reclama nuestra ayuda, siempre insuficiente, y más aún dada las implicaciones que ha tenido el exterior para su evolución como país. El terremoto de Haití fue calificado de magnitud 7’0 en la escala de Richter. Ocasionó más de 100.000 muertos, además de todas las secuelas posteriores. Seis meses antes, un terremoto en Honshu (Japón), de magnitud 7’1, provocaba 1 muerto y 1 herido. En agosto de 2008, el ciclón Gustav, uno de los más violentos de las últimas décadas, con vientos de 340 km/hora, causó la muerte de 66 personas en Haití, mientras en Cuba no hubo víctimas.
Es evidente que las catástrofes “naturales” generan más riesgos en los países más pobres, o mejor en los países empobrecidos, ya que no hay países pobres. Y no es lo mismo. Veámoslo con el caso de Haití, ejemplo claro de país empobrecido, en gran medida, por cuestiones exteriores.
Haití era considerada “la perla de las Antillas” a finales del siglo XVIII. Producía el 60% del café y el 75% del azúcar consumido en Europa, lo que generaba una enorme riqueza que iba a manos de los 50.000 colonos blancos, a costa del medio millón de esclavos que la producían.
Los esclavos se sublevan (apelando a los ideales de la revolución francesa, por cierto) dirigidos por Toussaint Louverture, y mantienen una guerra de 13 años contra la metrópoli, Francia, que, pese a su revolución, no consideraba que las colonias (y más aún sus habitantes negros) pudieran tener derecho a los “derechos del hombre y del ciudadano” tan solemnemente proclamados. Pese a la expedición de 43 mil veteranos enviada por Napoleón, los sublevados triunfan, y logran la independencia. Dice I. Ramonet: “fue la primera guerra racial anticolonial y la única rebelión de esclavos que desembocó en un estado soberano” (I. Ramonet, “Aprender de Haití”, en Le Monde Diplomatique, nº 172, febrero de 2010), lo que condicionará decisivamente su evolución desde el principio mismo. Lo cuenta E. Galeano: “en 1803 los negros de Haití propinaron tremenda paliza a las tropas de Napoleón Bonaparte, y Europa no perdonó jamás esta humillación infligida a la raza blanca. Haití fue el primer país libre de las Américas. Estados Unidos había conquistado antes su independencia, pero tenía medio millón de esclavos trabajando en las plantaciones de algodón y de tabaco. Jefferson, que era dueño de esclavos, decía que todos los hombres son iguales, pero también decía que los negros han sido, son y serán inferiores. La bandera de los libres se alzó sobre las ruinas. La tierra haitiana había sido devastada por el monocultivo del azúcar y arrasada por las calamidades de la guerra contra Francia, y una tercera parte de la población había caído en el combate. Entonces empezó el bloqueo. La nación recién nacida fue condenada a la soledad. Nadie le compraba, nadie le vendía, nadie la reconocía”. Esto es, la independencia proclamada en 1804 tras derrotar a los franceses abre la espita a otras independencias americanas. Jefferson calificó lo ocurrido en Haití de “mal ejemplo”, y las potencias europeas, que seguían practicando la esclavitud, no perdonaron: no se reconoció la nueva república, ni se comerciaba con ella, ni se dio ningún tipo de ayuda. Se trataba de “recluir la peste”, por lo cual Haití fue boicoteado durante decenios. E incluso a día de hoy, personajes como Pat Robertson, un telepredicador estadounidense, pueden seguir diciendo impunemente que “miles de haitianos han muerto en el seísmo porque los esclavos de Haití hicieron un pacto con el diablo para obtener su libertad” (Christian Broadcasting Network, 14 de enero de 2010, recogido por Ramonet, op. cit.). Sigamos con Galeano: “Estados Unidos reconoció a Haití recién sesenta años después del fin de la guerra de independencia, mientras Etienne Serres, un genio francés de la anatomía, descubría en París que los negros son primitivos porque tienen poca distancia entre el ombligo y el pene. Para entonces, Haití ya estaba en manos de carniceras dictaduras militares, que destinaban los famélicos recursos del país al pago de la deuda francesa: Europa había impuesto a Haití la obligación de pagar a Francia una indemnización gigantesca, a modo de perdón por haber cometido el delito de la dignidad. La historia del acoso contra Haití, que en nuestros días tiene dimensiones de tragedia, es también una historia del racismo en la civilización occidental”.
Obviamente, el “mal ejemplo” de la independencia haitiana de 1804 se extendió, y otros accedieron a la independencia, quedando igualmente en situación periférica, pero sin tener que sufrir el brutal bloqueo que supone “recluir la peste”. La construcción del estado nacional quedó lastrada así desde el origen. Como hemos visto, Estados Unidos reconocerá el país mucho más tarde, obviamente por sus intereses en él. Entre 1915 y 1934 habrá una ocupación estadounidense, que derivó en una guerra de resistencia. El héroe de la rebelión, Charlemagne Péralte, fue crucificado por los marines, clavado en la puerta de una iglesia… Pero Estados Unidos terminó por ceder, abriéndose la puerta a una dominación económica bajo el control de los dictadores “internos”, entre los que destacan “Papa Doc” Duvalier y su hijo, bajo cuyo mandato hubo miles de muertos y miles de exiliados.
La etapa democrática viene marcada por Jean-Bertrand Aristide, presidente por dos veces entre 1994 y 1996, y entre 2001 y 2004, finalmente exiliado por la presión estadounidense y por sus propios “méritos” (cura secularizado, y apoyado por los más pobres entre los pobres, por los que luchó anteriormente, de Cité Soleil –ver el texto que abre el artículo-, Aristide llegó a acumular antes de ser depuesto, junto con su abogada y esposa, cerca de 850 millones de dólares de fortuna personal (Claude-Marie Vadrot, “Haití: el terremoto afecta a un país que está siendo social y ecológicamente destruido desde hace décadas”).
Con un medio ambiente absolutamente degradado, fruto en buena medida de las actuaciones grotescas de los dictadores para amasar enormes fortunas, el suelo del país es incapaz de retener las tierras de cultivo, lavadas por las lluvias y arrastradas a la costa debido a la terrible deforestación. Cada año, nos dice Vedrot, “entre 37 y 40 millones de toneladas de tierra van a dar al mar, y sólo el 10% del agua de lluvia penetra en el suelo. El resto discurre rápidamente por unos suelos encallecidos en la imposibilidad de que la retenga cualquier vegetación“.
Esa ausencia de suelo fértil y de agua conduce a enfrentamientos (campesinos pobres contra grandes propietarios, pero también entre sí) formándose bandas que matan por el control de un canal de irrigación. Entre la falta de agua (curiosa en un país donde llueve abundantemente) y la presión estadounidense, se ha llegado a poner fin a una agricultura de subsistencia que permitía malvivir a buena parte de la población en las zonas rurales. Muchos de los muertos del terremoto eran campesinos desplazados a los núcleos urbanos, donde malvivían y malmorían en los enormes suburbios miserables de los que Cité Soleil es el ejemplo máximo. Aquí la densidad de población es de 10 personas por metro cuadrado: “algunas personas llegan incluso a turnarse para dormir en las chabolas que uno de cada dos huracanes o destruye o inunda”, dice Vedrot.
El problema medioambiental se agravó desde los años 70. Por aquellos años, Haití todavía tenía soberanía alimentaria, y sus agricultores producían el 90% de los alimentos consumidos por la población. Los planes de Reagan y Bush Sr., en el marco del neoliberalismo que está imponiéndose, obliga a eliminar cualquier subvención a la producción de arroz (producto básico de consumo) y a la eliminación de aranceles a la importación. Y así, el arroz estadounidense conquista el mercado haitiano, ya que es más barato (no porque sea más barato producirlo, sino porque, ¿quién le pone el cascabel al gato?, está tremendamente subvencionado). El arroz estadounidense “inundó el mercado local y arruinó a miles de campesinos que emigraron en masa a la capital, donde el seísmo los ha atrapado…” (Ramonet). Clinton, por cierto, aunque siguió con la misma política, tuvo al menos la decencia de reconocer el daño que se había causado, si bien después del terremoto, y no antes.
Tras la deposición de Aristide, Haití queda bajo tutela de la ONU. El gobierno de René Preval no tiene ninguna posibilidad de actuación, y así, “es absurdo reprocharle su inoperancia ante los efectos del seísmo. Hace tiempo que el sector público fue desmantelado y sus principales actividades transferidas, si eran rentables, al sector privado, o a las ONGs cuando no lo eran. Antes de convertirse en el ‘Ground Zero’ del planeta, Haití ya era el primer caso de colonialismo humanitario” (Ramonet).
Así, un país que desde su independencia ha estado lastrado por decisiones tomadas en el exterior, y en el que la tragedia genera una dependencia aún mayor. Los fenómenos naturales son cada día más asoladores por las cuestiones mediambientales que suponen muertes cada vez que hay lluvias fuertes que provocan torrentes que arrasan pueblos. En Puerto Príncipe, las lluvias hacen desmoronarse los montes que la rodean, generando ríos de lodo que sepultan partes de la ciudad…
Eso sí, sigue habiendo posibilidades de negocio enormes en la reconstrucción. El terremoto ha sido también el shock que ha necesitado el sistema capitalista para, en nombre de los principios del mercado libre, la eficacia… reclamar la privatización integral de todas las actividades económicas y comerciales ligadas a la reconstrucción (ver Naomi Klein, La doctrina del shock. El auge del capitalismo del desastre, Paidós, 2007, para ver el funcionamiento del sistema), que vendrá acompañada, cómo no, de las empresas estadounidenses (igual que tras el tsunami de Indonesia, o de Iraq, por ejemplo, donde el shock, al no darse de forma “natural”, se provoca). Todo ello se sumará a las 250.000 toneladas de arroz, pública y altamente subvencionado, que Estados Unidos exporta a Haití, a quién desde Estados Unidos, OMC… se impidió subvencionar su agricultura de subsistencia y establecer aranceles.
No te olvides de Haití…

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