189.- Fin de curso en Esperanza Aguirre y Lucía Figar, S.A.

Hemos terminado otro curso académico. Uno más, marcado, como desde hace tantos años, por otro ascenso de la degradación. Gobierno central y gobierno autonómico compiten para ver quién aporta más a la enseñanza privada, privando a la pública de la posibilidad de enseñanza.
Otro año hemos vuelto a sentirnos la parte menos importante de la sociedad. Claro que tampoco es cuestión de comparar la importancia de la educación frente a la de comprar Eurofighters, pagar viajes estúpidos a nuestros dirigentes, empezando por el líder máximo de la secta, su-majestad-real-el-corrupto-especulador Juanqui, y continuando por todos los demás, desde quien considera (Lucía Figar al frente) que el dinero público debe ser para financiar a Legionarios de Cristo, Opus Dei, Kikos u otras sectas parecidas… hasta quien  cree que la educación debe ser la del franquismo, o lo más parecida posible (no es difícil que salga el nombre del ministro Wert sin pensar demasiado)… o cualquier otro gasto de los que son “imprescindibles”. Eso sí, sanidad y educación no deben recibir fondos, no vaya a ser que vivamos un poco mejor.
Otro año hemos hecho el esfuerzo de siempre, pese a todo. Otro año nos sentimos orgullos@s de nuestro trabajo, en “la caja negra” del aula, y en las aulas sacadas a la calle. Otro año más hemos luchado por mentalizar a nuestro alumnado de en qué sociedad vive y quiénes son quienes nos gobiernan. Otro año hemos intentado que sepan realmente cuál es su papel en la sociedad y comprendan cuáles son sus necesidades educativas: simple mano de obra barata para el mercado precario, sin autonomía personal ni mental, sin cuestionamiento de la realidad…. o ciudadanos con derechos y deberes que ejercen conscientemente su tarea de luchar contra la tiranía del poder.
Vivo en Madrid, y por ello sufro desde hace años las miserias de la ideología de las dos tipas que dan título al nombre del artículo.  Y no veo solución, porque mis “conciudadanos” madrileños, tan responsables, siguen haciéndome comulgar con las ruedas de molino peperas a mayor gloria del puñado de miserables que nos hacen la vida imposible. Y encima me toca también a nivel del país.
Sufrí tras el accidente de helicóptero de Rajoy y Esperanza Aguirre en Móstoles, pero no mientras se caía, sino cuando me dí cuenta de que el muro no había sido suficientemente alto como para que se matasen. Pero no pierdo la esperanza (por desgracia, la Esperanza parece que va a ser perpetua en mi vida), y cualquier día pueden intentar despegar desde la Torre de Madrid, donde las posibilidades de que me vaya a tomar unas cañas si las cosas van bien se multiplican.
Quedan muchos cursos por luchar. No sé cómo será el próximo, pero sí sé dónde estaré: mientras esté despierto, en mi clase, luchando; mientras esté dormido, soñando que por fin, un helicóptero con Rajoy y Aguirre (y Figar también, por favor) se vuelve a estrellar, esta vez con resultado satisfactorio.
Feliz verano

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