267.- Por otra política lingüística en la educación

Mucho se ha hablado, se habla y se hablará (en todas las lenguas oficiales del Estado) sobre lo que se viene a llamar “políticas lingüísticas”.
Como casi siempre, la Constitución respondió a aquello para lo que fue creada, aunque al menos superaba el “prohibido hablar dialectos” del franquismo. Se daba la cooficialidad a las lenguas catalana, gallega y vasca, pero solo en las propias comunidades, donde por cierto, convivían núcleos de población castellanoparlantes únicamente, bilingües y únicamente hablantes de otra lengua.
Obviamente, la utilización política de la lengua ha sido una constante, en todas las variables que queramos constatar.
Para mi caso personal, supone, por ejemplo, que no puedo pedir una plaza de profesor en Euskadi, cosa que me hubiese apetecido mucho. Pero también supone otras cosas.
Vamos a suponer que yo me estuviese planteando trasladarme a Euskadi en un plazo de unos 5 o 7 años, pongamos por caso. Así, para ir preparando a mi hijo de 17 meses, buscaría centros en Madrid donde pudiese llevar a cabo una enseñanza bilingüe castellano-euzkera. La respuesta es evidente: NO EXISTEN ESOS CENTROS. Y así, estoy también en desventaja con otras zonas del Estado. Y mi hijo, cuando llegase el momento, estaría también en una situación bastante lamentable, al no conocer desde pequeño el idioma cooficial de su nuevo lugar de residencia.
Con todo, la pregunta de fondo podría ser aún más interesante: si desde la Transición Gloriosa se hubiese puesto en el sistema educativo la obligatoriedad de aprender, en todas las comunidades del Estado, al menos una de las lenguas cooficiales: ¿No habría sido un factor de unión? ¿No sería una muestra de que nos interesa la diversidad que encarnamos? ¿No se vería desde las regiones menos afines al centralismo una voluntad diferente de enfrentar la construcción de un Estado verdaderamente plural?…
Pues yo creo que aun estamos a tiempo. Habría que tirar a la basura la Ley Wert, y apostar por un bilingüismo que no se centre en la falacia del modelo de escuelas bilingües castellano-inglés, y que muestre un verdadero interés por el conocimiento de la pluralidad cultural (y lingüística) de nuestro país.
A mí me encantaría poder hablar catalá, euzkera, galego, valençià, bable, aranés y lo que fuera. No sé hablarlos, porque tampoco me enseñaron. Y me educaron (en general) para el odio más que para la integración de la diversidad y el reconocimiento del pluralismo y de la riqueza cultural que supone. Y supongo que, como yo, desde “el otro lado”, se están llevando políticas educativas similares que llevan al desprecio o incluso al odio de lo que “yo” (madrileño) supuestamente represento.
Si queremos construir otra España, plural y garante de la diversidad, solidaria y tolerante con toda su riqueza cultural, hay que partir desde la base. Y esa es la educación, y dentro de ésta, el conocimiento de las lenguas maternas de los demás…

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